GUERGUITIAIN
LA HUELLA DE PETRUS

Texto y fotos: Fernando Hualde

"Petrus me fecit", la firma del maestro


         En el valle de Izagaondoa hay una iglesia que se cae. No es una iglesia cualquiera, sino un bello edificio del románico rural. Las alarmas han saltado: la iglesia de Guerguitiáin sí tiene quien le llore.

         Navarra está salpicada de pequeños rincones con encanto, de pequeños rincones que un día estuvieron llenos de vida, y que sin embargo hoy nos muestran la otra cara de lo que puede llegar a ser un pueblo. Y precisamente, el abandono, la ruina, el silencio, a pesar de todo, pueden ser evocadores, incluso bellos. La cultura de las ruinas, la voz de las piedras, es algo que siempre permanece vivo.
         Habrá observado el lector que de vez en cuando me gusta asomarme a la historia de alguno de los muchos despoblados que tenemos en Navarra. Me gusta visitarlos; me gusta llegar a ellos por viejos caminos; fotografiarlos; recomponer su historia a través de los documentos que se conservan en el Archivo General de Navarra, en el Archivo Diocesano, o en algún otro archivo local; me gusta recoger los testimonios, si es posible, de aquellas personas que han llegado a vivir allí. Y en base a toda esa información es bonito recrear lo que un día fueron o pudieron ser; es bonito dejar que las piedras nos hablen engañando a nuestros ojos para que el corazón no se nos rompa ante la realidad que tenemos delante. Es el arte de imaginar el pasado en base a una información real.

Iglesia de San Martín

Románico rural


         Y desde esa sensibilidad a uno le resulta inevitable, en algunas ocasiones, revelarse ante lo que tiene ante sus ojos. No llegas a entender el porqué, no llegas a entender qué razones puede llegar a haber para que en pleno siglo XXI estemos dejando caer, y para siempre, determinados edificios o monumentos.
         Cuando estas líneas escribo pienso en uno muy concreto, en uno que clama al cielo, en uno que se resquebraja y se hunde en silencio. Se trata de la iglesia de San Martín, en el despoblado de Guerguitiáin, valle de Izagaondoa, a la que se accede por una pista que une Indurain con Celigüeta. Doy por hecho, porque así suele ser en otros casos similares y no muy lejanos a ese, que estamos ante un problema de prioridad, pues la diócesis entiende que al no tener culto el edificio, no tiene los mismos derechos a ser rehabilitado que si tuviese culto; a esto hay que añadirle que la diócesis no tiene dinero para afrontar las necesidades de todo su patrimonio, que el lugar en el que está la iglesia está ya despoblado y que en consecuencia no tiene quien llore la pérdida de esa iglesia, ni quien mueva un hilo para lograr su restauración.
Detalle de un capitel
         Pero la realidad está allí, todavía en pie. La iglesia de Guerguitiáin es una bella muestra del románico rural. No llega a la riqueza ornamental de la vecina iglesia de Artáiz, pero pese a ello se nos muestra como un edificio de un incuestionable valor artístico, y que en otro emplazamiento más accesible haría las delicias del turista o de cualquier persona que tenga un mínimo de sensibilidad artística.
         Para empezar luce esta iglesia una esbelta espadaña, la única que hay en todo el valle de Izagaondoa. Algún desalmado la desnudó; le arrancó la campana, y a esta la arrojó sin piedad sobre la cubierta, hundiendo todo lo que encontró a su paso: el tejado, el suelo del coro… hasta estrellarse contra el suelo.
         No se conformaron los ladrones con llevarse la campana. Arrancaron también el retablo; y he utilizado el verbo adecuado: arrancar. Y levantaron el suelo, por si había alguna tumba debajo, o algún tesoro de esos que nunca te sacan de pobre. Y se llevaron la pila bautismal. Y el ara. Y todo lo que pillaron. Una acción así solo puede ser obra de ladrones sin escrúpulos, de mercaderes de sentimientos, tan impresentables como el que luego recibe las piezas soltando algún billete por ellas para luego hacerlas circular por los mercados negros del arte.
         A todo esto hay que añadir que el ábside se resquebraja, tiene una grieta de más de un palmo de anchura; que en el interior, encima de la puerta de la sacristía, la pared está abombada y amenaza con reventar en cualquier momento; que las hiedras, aunque muertas ya, se han apoderado de la fachada que mira a Izaga.
         La iglesia de Guerguitiáin está esperando que alguien se apiade de ella. Todavía se está a tiempo de evitar su desplome; y no sé durante cuanto tiempo más podré decir esto. Duele verla así. Es impotencia lo que se siente al ver esos capiteles trifólicos, al ver esas caras talladas en la piedra. Son caras pétreas que nos miran con perplejidad, la misma perplejidad que siento yo al ver esa joya del románico rural cayéndose poco a poco en medio de una escandalosa indiferencia.

Portada de la iglesia

Petrus


         No sé de quien depende que esto se arregle o se caiga, pero sí sé que hay que hacer todo lo imposible por evitar que la iglesia románica de Guerguitiáin pase a mejor vida. Me consta que se están dando ya los primeros pasos, pues afortunadamente esta iglesia ha encontrado ya quien le llore. Próximamente la asociación Amigos del Románico va a solicitar para este edificio la catalogación de Bien de Interés Cultural. Su valor artístico la convierte en patrimonio de todos. Basta con ver el canecillo que hay encima de la portada, basta con ver los arquivoltas, basta con ver los capiteles que flanquean la puerta. Y cuando uno se detiene ante estos capiteles no puede menos que admirarse ante esas caras que allí se ven, ante esos dibujos sencillos, símbolos solares… ¿Qué no habrán visto esas caras con esos saltones ojos pétreos?.
         Y ya en el interior volvemos a encontrar en los capiteles sobre los que descansan los arcos fajones las mismas caras que nos reciben en la portada; se ve claramente que el autor de unas y de otras es el mismo, es la misma mano de maestro cantero, y… ¡mira por dónde!, el maestro cantero que aquello hizo tuvo el detalle de dejarnos su firma: Petrus me fecit (Pedro me hizo), esta es la inscripción que dejó en el capitel que se sitúa sobre las escaleras que suben al coro.
         El tal Petrus tenía su propio estilo, mucho más sencillo que el de Leodegarius, uno de los tres maestros canteros que hizo la portada de Santa María, en Sangüesa. No trabajaba tanto las facciones, incluso casi diría yo que las caras humanas llegó a conseguirlas bastante bien, pero a partir de allí sus dibujos y figuras tenían cierto aire infantil, sobre todo a la hora de dibujar aves. En cualquier caso Petrus, a golpe de cincel, supo darle a este templo un marcado sabor rural.
         Me atrevería a aventurar que la vecina iglesia de Vesolla fue realizada por el mismo cantero, o por algún imitador. Y si hace siglos ambas iglesias tuvieron en común, tal vez, un mismo autor; a día de hoy también tienen en común un mismo estado de abandono que clama al cielo, que las convierte en todo un monumento a la desidia y a la dejadez.
         Veo en la iglesia de San Martín, en Guerguitiáin, esa pétrea cara que mira al coro desde uno de los capiteles, y lo que esa mirada me está diciendo, gritando más bien, es un lastimoso “¡por favor…!”. Y no para de contarme cosas. Me habla de siglos y siglos de historia, de pequeña historia local, de historias de las gentes que allí han habitado, de los de casa Alberro, de los de casa Maximiano, de los de casa Jorge…; me habla de Juan Belza, aquél vecino de Guerguitiáin que en 1561 entró en pleito con los de Indurain a causa del goce de los montes con el ganado; me habla de los pleitos que tuvo en 1632 el abad Juan de Echeverría con los dueños del palacio Iriarte de Ochagavía; me habla de las andanzas del Marqués de Vesolla, aquél que fue titular del palacio de Guerguitiain; y me habla también de las reuniones que hacían los vecinos de Guerguitiáin, en la puerta de la iglesia, para elegir a su representante, y de los problemas que por ello hubo con el marqués de Claramonte, vizconde de Mendinueta. ¿Qué procesiones no habrán salido desde allí, de penitentes entunicados, con la cruz a cuestas, camino de San Miguel de Izaga?, y no hablo de hace tanto tiempo; es el ayer inmediato, es el ayer que todavía subsiste en la memoria de nuestros mayores.
         Atrás quedaron esas relaciones vecinales, unas veces buenas y otras no tan buenas, con los vecinos de Indurain, con los de Celigüeta, con los de Vesolla, con los de Apardués, con los de Muguetajarra…; y hoy… soledad.
Agujero encima del coro
         Han pasado generaciones y generaciones, y sin embargo la iglesia de San Martín sigue en pie. Podríamos valorarla desde un punto de vista humano, en base a las vivencias y a las expresiones de religiosidad popular que allí se han vivido, y solamente ya desde esa perspectiva, por puro respeto, debiéramos de hacer un esfuerzo por contemplar esta iglesia. Pero lo cierto es que además de eso, por fortuna, este edificio podemos y debemos valorarlo desde la perspectiva artística, con todo su arte, con todo su valor patrimonial; y quisiera llamar la atención sobre esta obra de cantería que hizo Petrus.
         No vale decir que nadie advirtió de su estado de abandono. No vale excusarse en que ya no hay culto. No vale poner excusas presupuestarias (con muy poco dinero se puede garantizar su conservación durante un par de siglos más). No vale pasarse la pelota de unos a otros. No vale mirar para otro lado. No vale callarse. La iglesia de San Martín de Guerguitiáin es una joya, y se nos está cayendo; y ante esta realidad solo cabe intervenir. Y no quiero que mi silencio sea cómplice de ese abandono consentido. Queda hecha la denuncia.